1
Lo que ganas: el diagrama, el conector y el contador
El diagrama desaparece. Describes el proceso en una frase («saca proveedor, base, IVA y total de las facturas de esta carpeta a un Excel y crúzalo con el extracto») y el agente decide los pasos. Los procesos que cambian cada mes dejan de ser un mantenimiento, que es donde mueren la mitad de los flujos dibujados.
El conector deja de ser obligatorio. Para trabajar con ficheros, datos, documentos o correo no se conecta nada: el agente abre lo que hay en la carpeta que le registraste. Y para llamar a una API que no esté entre los 31 conectores del catálogo, se guarda su URL base y su credencial como API REST personalizada. El contador tampoco existe: no hay coste por ejecución ni por tarea, porque el cómputo lo pone tu equipo.
2
Lo que se pierde al cambiar de enfoque
Pierdes determinismo. Un flujo dibujado hace exactamente lo mismo cada vez, y eso es una virtud enorme en un proceso crítico. Un agente decide, y decidir implica que dos ejecuciones pueden no ser idénticas. Para el cierre mensual eso está bien; para disparar un pago automático, no, y no vamos a fingir lo contrario.
La forma de convivir con ello es el orden de trabajo: ejecutas el proceso una vez delante de ti, compruebas el entregable, y solo entonces lo dejas programado. Y para lo que exija repetición exacta, se lo escribes como una lista numerada de pasos, porque el encargo es texto libre y admite tanto la frase suelta como el procedimiento cerrado.
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Los disparadores, y dónde vive el reloj
Un encargo se deja programado por tiempo (cada N minutos, a una hora, un día de la semana) o por evento de carpeta: cuando aparece o cambia un fichero, con vigilancia recursiva y sin dispararse diez veces por una copia larga.
El reloj está en el Nodo, no en nuestro servidor. Eso tiene una cara buena, que tu proceso no depende de que nosotros estemos levantados, y otra que hay que planificar: si apagas la máquina, no se dispara. Para automatizaciones que tienen que correr sí o sí, el Nodo va en un servidor, no en el portátil de nadie.